noviembre 29, 2007

Don´t Give Up

Heidelberg (Alemania, en la ribera del Neckar). Algún día de noviembre, probablemente a eso de las 12:30 del día y bajo el influjo de la no muy sobrada luz de las tierras sobre el Ecuador. Me dirijo a liberar a "René", mi fiel corcel con ruedas, que se encontraba aparcado en la entrada de la Nueva Universidad -en Universität Platz. La temperatura debe haber rondado los cero grados y mis manos, desprovistas en aquel instante de guantes, resultaban ser aún más torpes que de costumbre. El mero insertar la llave en la cadena y girarla en dirección hacia emprender mi rumbo presentó dificultades inhabituales: al torcer mi muñeca la llave se quebró dejando gran parte de la misma en el interior de la cadena, imposibilitandome de montar mi bicicleta y -obviamente- me ví obligado a llevarla sobre mi brazo hasta mi departamento.

Día consecutivo al mentado día de noviembre cuya data exacta he olvidado: Temprano en la mañana me dirijo a una Fahrradgeschäft a conseguir alguna herramienta pa
ra cortar la cadena que aún sindicaba mi gesto propietario sobre "René". Una vez cortada me dirigí a comprar una nueva cadena que reestableciese el vínculo de propiedad (malas costumbres de mis tierras). Una hora más tarde estaba nuevamente montado en "René" sobre uno de los puntes que cruzan el Neckar en dirección hacia Neunheim. La primera canción que iteró en mi reproductor de mp3 fue la que da el título a estas letras: Peter Gabriel y Cindy Lauper contándome al oido que habrá un lugar al que yo realmente pertenezca y que, en el intertanto, no he de rendirme.

Sé que hace bastante tiempo que no escribo aquí, básicamente, porque hace bastante tiempo que no escribo. La timidez de mi cotidianeidad en este extraño país ha secuestrado mi opinión, y si ahora vierto estas letras aquí es -menos por seguridad que por nostalgía del castellano- porque creo que algo tengo que contar. Algo más de cien días fuera de Chile y, francamente, aún no tenía nada que contar. Es cierto, evidentemente he acumulado miles de experiencias, imágenes nuevas, modos nuevos de vivir (y de sobrevivir) pero, expresamente, nada que contar.

Por contraparte, en este instante, sí creo tener algo que decir. La valía de ello no recae en la novedad sino e
n la honestidad y no es ningún tipo de alucinación independentista o primermundista que las inspira, sino sólo la condensación de una experiencia en una frase o dos (que ya vienen siendo unas cuantas).

Los domingos siguen siendo desagradables, el día más largo y la añoranza más profunda... no de "mis" calles sino, quizás, de conocer otras nuevas. Igualmente se extraña a la gente, a los que me gustaría traer aquí y a los que me gustaría no encontrarme nuevamente en Chile sino en algún extraño y oscuro pasaje de París, Praga, Londres o Nueva York algún día. Lo único que ansío con fervor es mi idioma; he tomado razón de que nunca he estudiado con pasión ningún otro idioma que no sea el español, no me refiero a clases formales sino al disfrute de una página, de una entonación, de un "contrapunto" en un verso. Quizás no sea yo el más castizo de los detentores de la lengua de Cervantes, pero u
na cosa es tan cierta como íntima, el placer que descubro hoy al leer una página en español y no en alemán, inglés o francés es algo que no puedo pagar. Y mis modestas letras no son sino una continua emulación que pretende citar, incansablemente -y al son de "Velouria", el tema de The Bad Plus que ahora escucho- un universo de sindicaciones que, no por pertenencia sino por mera proximidad, añoro.

"El alemán" (personaje a quien pueden ver en la foto) me constriñe y me obliga a abandonar mis queridas estructuras granaticales que permitieron - y condicionaron- en más de un modo mi forma de pensar. Recuerdo ahora a tantos que, dueños de más de una lengua, variaban de una a otra sin vacilación (o siempre vacilando). ¡Ay! cuánto me gustaría ser de aquellos, mas me resulta imposible, tanto el rigor como la flexibilidad para "entrar" en una nueva lengua. Mis secretas cavilaciones sobre poder leer autores foráneos en su original me resultan ahora, más que extrañas, dañinas y mi pobre español es más que un refugio; es realmente una trinchera que resguarda las ideas que no sin esfuerzo he figurado en estos años. La comprensión, realidad en esta lengua, se torna ahora una suerte de concepto límite que me abandona. Pero cómo alguna vez leí en una pared con una caligrafía infatigablemente femenina y con un acento que ahora puede sonar erradamente cursi: el horizonte nos sirve para caminar, sólo para seguir avanzando, mas no para llegar a algún lugar. Así que, por mientras, y cada domingo al menos unas tres veces al día: "Don´t give up".

[esto no es verdad]
velasco

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