El mar, el plácido mar y su sonido implacable. Único.
La perfecta quietud del movimiento continuo. Caminar por la arena húmeda con los pies descalzos y sin relojes a los que nos hemos, más de una vez, regalado. Pensar... no pensar, imaginar, disfrutar la escena de una forma de infinitas aristas que se multiplican a pesar (y gracias) al continuo entramado que las contiene y las explica. Ocuparse en un instante, que es y será todos los instantes, de los rincones infinitos que corona el redoble de una artimaña.
Una pregunta, un camino, el volver a disfrutar de un libro ya explorado y el sabor de un tostado tabaco entre los labios; en mi boca aún el dejo de un mosto joven pero reposado y un pequeño trozo de lo que alguna vez fue oro y que ahora se deshace poco a poco en mi paladar. De fondo, alguna melodía reposada, un saxo calmo.
Al frente... la eternidad.
[ESTO NO ES VERDAD]

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